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Libros - Iglesias de la Biblia, iglesias bíblicas
 

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Iglesias de la Biblia, iglesias bíblicas

 

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Introducción

 

Galilea, 29 d.C.

 

Toda la conmoción ha pasado. Se han secado todas las lágrimas y la mayoría de los visitantes temporales de Jerusalén que llegaron ahí para celebrar la pascua, se han ido. Las arcas del templo rebosan de ofrendas, y no parece importante recordar a tres crucificados, el terremoto, las tinieblas y los muertos resucitados. Fue impresionante sí, pero el peso de la rutina se ha llevado la conmoción y junto con ella la romántica historia del Galileo que trajo en su mensaje unas palabras que él dijo que provenían de los cielos.

 

La historia parece que seguirá igual, pero no. El mundo ya no es el mismo.

 

Once hombres están en la cima de una montaña para asistir a una cita que cambiara la historia. Se miran sin atreverse a decir palabra alguna. La carga emocional que tienen en sus hombros es, y ha sido hasta ese momento, demasiado pesada. Ellos recuerdan los últimos días como un aluvión de sentimientos y lo único que viene a su memoria es el aposento alto, las interminables oraciones que calmaban su espíritu y los sollozos de las mujeres que hacían recordar el dramático final que en una cruz, sobrepaso la crueldad del castigo mostrando la injusticia de asesinar al inocente.

 

Están ahí y lo que los ha hecho llegar hasta este momento parece demasiado sutil, demasiado abstracto para sostenerse. Están ahí por una promesa.

 

Hace ya mucho tiempo que escucharon la voz del Maestro. Sus palabras parecieron demasiado serias para ignorarlas. Les prometió un consolador, un ayudador, una persona divina que vendría al mundo a ocupar el lugar vacío que él dejaría. Una persona divina que más que a hacer milagros o magia, vendría a recordarles sus palabras y a guiarlos a la certeza plena de las cosas, a la verdad indubitable de la vida, a la forma como Dios piensa en el cielo.

 

Están ahí esperando la promesa del Espíritu Santo.

 

Su nerviosismo es tan grande como su asombro. No dejan de pensar en los testimonios que ya suman cientos. Todos dicen lo mismo: su Maestro ha vuelto a la vida. Ellos incluso, no pueden dejar de pensar en lo que les han dicho: las manos y los pies horadados se mueven y acarician, como si esas heridas siempre hubieran estado ahí y en cierto sentido, así es.

 

Se habla de muertos resucitados y apariciones en medio de casas cerradas, de personas que han vuelto a escuchar enseñanzas y parábolas como ellos lo hicieron durante más de tres años y medio. Ellos vieron el final, eso es lo que los sujeta a la tierra. Ellos vieron la cruz y el clamor de angustia, vieron el cuerpo inerte y las tinieblas de un mundo avergonzado con la misma vergüenza que a ellos los mantuvo a la distancia. Ellos vieron el final y eso es lo que los sujeta a la tierra, pero el cuerpo resucitado, Pedro que habla de una restauración a orillas del mar de Galilea y su propia pesca milagrosa, los testimonios de milagros que no paran los está sujetando al cielo, los está haciendo volar hacia lo eterno y piensan que las cosas más grandes aún están por venir, y no están equivocados.

 

En un instante, todos se dan cuenta y buscan de manera nerviosa sus miradas. Algo ha pasado, esa montaña ha entrado a otra dimensión donde todo parece arrodillarse y ahí, de pronto, aparece Cristo.

 

Es sin duda él. Es el mismo cuerpo, es el mismo tono de voz, el mismo color de ojos y la misma estatura, pero algo ha cambiado. Se ve distinto, se ve majestuoso y tan humano como siempre y antes de que comiencen las preguntas de los apóstoles, empiezan las respuestas de Cristo.

 

Cristo está ahí para prometer y para confirmar otras promesas que antes les había hecho. Cristo no puede irse de este mundo sin decirle a los suyos que hay algo que se aproxima, algo grande, algo divino, algo eterno; algo que el mundo no ha contemplado ni volverá a contemplar después y, el hecho de verlo ahí resucitado deja ver bien claro que es capaz de cumplir sus promesas. Si caminando de Jericó a Jerusalén les dijo que resucitaría y ahora lo contemplan pisando los terrenos del postrer enemigo que es la muerte venciéndola en su propio territorio, entonces puede, y es capaz de prometer lo que quiera con la seguridad de que lo cumplirá.

 

Cristo está ahí para prometer, demostrando que nunca se olvidará de los suyos y comienza dándoles una garantía de cuáles son las credenciales con las que puede atreverse a prometer:

 

… Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra…

Mateo 28.18

 

La resurrección entre otras cosas, le dio a Cristo el privilegio de ofrecer promesas mayores. Una victoria como la suya implica bendiciones que van más allá de volver a la vida y Cristo, ya las había recibido. Toda potestad, todo poder, todo señorío, todo dominio sobre todo lo creado por lo que, Cristo puede y tiene la capacidad de enviar a los suyos a reclamar a las naciones de la tierra para él.

 

Vayan pues, a las gentes de todas las naciones y háganlas mis discípulos…

Mateo 28.19 Versión popular

 

Una labor de titanes estaba en proceso de marcha y por eso el Señor paso con los suyos más de tres años preparándolos para la mayor conquista espiritual que se haya conocido, y para el tamaño de petición, está el tamaño del equipamiento y luego de la encomienda, una vez más caen desgranadas de la boca de Cristo más promesas.

 

No se vayan de Jerusalén, les pide Cristo. Ahí se tienen que quedar, para que puedan recibir la promesa añadió, que él ya les había dado. (Hechos 1.4).

 

Esa promesa era el bautizo del Espíritu Santo (Hechos 1.5) y era parte de lo que hacía falta para que los discípulos se transformaran en apóstoles; para que pudieran llevar un mensaje con un poder mucho mayor al poder que opera en el mundo, por eso es que, su unidad aún tenía que solidificarse con el cumplimiento de una promesa

 

 

Jerusalén, 29 d.C.

50 días después de la celebración de la Pascua

 

Es tiempo de cumplir promesas y de que la obra inicie.

 

Está por celebrarse la fiesta de Pentecostés y, como sucede con la pascua, una gran cantidad de gente ha llegado hasta Jerusalén desde diversos lugares para guardar en la ciudad de David esta fiesta solemne.

 

Muchos de los que llegan a celebrar se encuentran con la nueva de lo que pasó 50 días antes, y ante las noticias de un Galileo crucificado que ha dejado la muerte atrás, la expectación por conocer a quiénes vivieron con este “hombre” hace que una muchedumbre mucho más grande de lo habitual, se reúna justamente donde están aquellos a quienes la gente señala llamándoles “los seguidores” de Jesús de Nazaret.

 

La multitud es grande, puesto que la festividad lo amerita, pero, parece que la gente se va a ir decepcionada el día de hoy. Los seguidores de Jesús solo parece que tienen tiempo para orar y, ni siquiera se observa un cambio de actitud en las mujeres que estuvieron en el grupo nuclear de Jesús y que también parece que solo tienen sus sentidos para orar.

 

Los visitantes se miran inquietos y algunos se hacen una seña con la clara intención de decir a sus acompañantes que es tiempo de marcharse, que nada ha pasado y por ende, con seguridad nada de lo que el vulgo dice pasó. Es tiempo de partir, parece que las promesas de Dios, no se cumplirán.

 

Y de pronto, el estruendo.

 

Desde lo más sublime de los cielos, un sonido que desciende de lo alto se precipita sobre el lugar donde hay mujeres, apóstoles e incrédulos reunidos y entonces, la incredulidad dejó de existir. Un viento recio que proviene del cielo entra a la casa y sigue causando ese estruendo que después de cimbrar una construcción. empieza también a cimbrar corazones.

 

Las miradas de aburrimiento son ahora miradas de desconcierto y de temor. Definitivamente no es lo mismo enfrentar la curiosidad que enfrentar a Dios y de ese enfrentamiento saldrán sin lugar a dudas, muchas almas que no podrán seguir siendo iguales. El estruendo continua y parece que va a acabar con todo cuando de pronto, un tenue destello en el techo empieza a cobrar fuerza y a cada momento una intensidad cada vez mayor. Es entonces cuando el destello da su paso a lo que parece ser fuego, lenguas, flamas que vienen y van y que sostenidas de la nada comienzan a descender acompañadas de la música de fondo de las oraciones que tienen en ese momento la certeza de saber que del cielo, les han respondido.

 

La promesa se está cumpliendo y es necesario que la gente lo vea, que la gente sepa, que la gente tenga la certeza para poder contar a otros la historia; que la certeza sea clara en el sentido de que Cristo, el Mesías resucitado predicado por un grupo de sus seguidores, cumplió lo que prometió para que quede claro de una vez por todas que, si la promesa es real, la tumba vacía lo era también y si la tumba vacía era verdad, las enseñanzas, los milagros y las palabras fueron verdaderos y si esto fue así, no hay más que decir, Dios camino entre ellos y no quedaba más que reconocerlo y actuar en consecuencia, lo que nos permite explicar porque ese día más de 3000 almas vieron en la cruz la respuesta y, desde entonces, el Señor que murió en esa cruz sigue siendo la única respuesta.

 

Ese evento portentoso del derramamiento del Espíritu Santo fue un acto probatorio de la verdad de lo que había sucedido. Fue una manera de dar credenciales, de acreditar a los mensajeros y de dar confiabilidad a su mensaje.

 

Todos los detalles de este evento y lo que trajo como consecuencia, están registrados en el libro de Hechos de los apóstoles en la Biblia. Este libro será la base medular del material que se presenta en este estudio y que no es otra cosa más que el relato de Dios acerca de la fundación, establecimiento y crecimiento de la iglesia cristiana, lo que le da al libro de Hechos la calidad de un relato histórico cuya función es darnos a conocer el desarrollo del nuevo pacto de Dios convertido en asambleas, en grupos de personas reunidas bajo un mismo propósito. Hechos es la validación del mensaje de los evangelios. Es la prueba de que el más grande misterio de todos se estaba cumpliendo, el misterio de que el pueblo de Israel y las naciones gentiles se unían bajo la bandera de la gracia.

 

Esto queda claro cuando vemos en el libro de Hechos que cada vez que se manifiesta el Espíritu Santo de manera visible o cada vez que el don de lenguas se da a conocer, siempre hay o un grupo de judíos o un grupo de gentiles que necesitaban saber que este misterio había sido develado y que ellos, eran participes de un momento histórico que estaba renovando todo concepto religioso que el hombre se hubiese atrevido a pensar hasta ese momento.

 

Bajo este criterio de registro histórico miraremos al libro de Hechos. Cualquier perspectiva teológica será la de cada lector.

 

De la mano de Lucas, escritor humano del libro de Hechos de los apóstoles conoceremos iglesias, siervos, siervas, ministerios, trabajo en equipo y muchas cosas más que dieron forma a lo que hoy cobija a la iglesia cristiana en cualquier parte del mundo.

 

Pero, antes de entrar en materia, consideramos necesario hacer una observación que a nuestro juicio es de vital importancia.

 

Cuando los cristianos de la presente era nos acercamos a  la iglesia del primer siglo, muchas veces lo hacemos de una manera casi romántica; imaginamos los primeros años del cristianismo como una etapa de oro, una etapa en donde la iglesia vivía carente de los problemas y conflictos que enfrentamos el día de hoy. Nada puede estar más alejado de la realidad.

 

La iglesia del primer siglo tenía nuestras mismas luchas y nuestros mismos problemas. En momentos, vivían avivamientos que arrasaban con todo y en otros momentos, vivían subyugados por el pecado que mermaba iglesias y dividía ministerios, sin embargo, los siervos de las iglesias del primer siglo se llenaban del Espíritu de Dios y se convertían en lumbreras que rasgaban las tinieblas de la maldad para de pronto. verse envueltos en soberbia, envidia y toda la gama de emociones humanas negativas que acaban con la estabilidad de cualquier persona.

 

Sin embargo, si lo razonamos, algo tenían que hizo que lograran lo que lograron. Algo sabían, o algo pusieron en práctica que logró que cimbraran cualquier lugar en donde se paraban sin que nada les pudiera detener, y el eco de eso que pudieron hacer seguirá resonando mientras el hombre exista sobre la faz de la tierra.

 

Es por eso que creemos que la iglesia del presente siglo debe lanzar una mirada a lo que tuvo la iglesia del primer siglo porque tal vez ahí, la iglesia encuentre la dirección para poder pensar, hablar y actuar como la iglesia que más cerca estaba del momento en el cual fueron declarados los principios sobre los cuales se tenía que empezar a edificar la iglesia. En suma, estaban más cerca del modelo que Dios había revelado para su iglesia y sobre todo, nos permiten conocer como aplicaron como iglesia lo que les fue enseñado.

 

Los oyentes de los primeros años del cristianismo tenían a la mano a los testigos oculares de la presencia de Dios en la tierra, a los apóstoles para preguntarles que fue lo que quiso decir el Señor de la iglesia. Esto los acercaba de una manera veraz a la esencia del mensaje de la vida cristiana, un mensaje libre de la corrupción de la política que degrado el principio bíblico hasta volverlo una religión 300 años después de que ellos vivieron, por lo que sin lugar a dudas, podemos afirmar que esta iglesia del primer siglo estaba de una manera exageradamente cerca a los valores sobre los cuales, debiera fundamentarse la existencia del cuerpo espiritual de Cristo que es la iglesia.

 

Los valores de Dios deben ser los valores de la iglesia

 

Solo así la iglesia será como su Creador desea.

A final de cuentas, él es el Señor de la iglesia,

la compró con su sangre

 

¿Estamos dispuestos a devolvérsela?

 

 

 


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