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Estudios bíblicos

Pastores y líderes

 

 

Mujeres en la iglesia

 

Autor:

Hno. Ramón Oliveros Ochoa



 

 


Hemos leído que nuestros pensamientos, no son Sus pensamientos, y también hemos dicho “qué hermosos son tus pensamientos, oh Señor”; pero en las iglesias se miran bastantes evidencias de que muchos ministros le están mintiendo al Señor diciéndole esas palabras bonitas; al tiempo que se resisten a cambiar su manera de pensar en algunos aspectos, porque existen uno y mil motivos que les impulsan a conformarse a este siglo, a no ser transformados y renovados en el entendimiento (Romanos 12.2), a introducir a la iglesia filosofías y huecas sutilezas según sea la cultura de los pueblos (Colosenses 2.8), caminos por los cuales nunca llegarán a tener la mente de Cristo (1ª. a corintios 2.16).

 

La participación de las mujeres en la iglesia es uno de esos temas controversiales, ya que existen diferentes posturas al respecto, las cuales van desde el extremo ultravioleta hasta el infrarrojo opuesto. Esto sucede así, porque algunos líderes toman las costumbres y tradiciones de sus pueblos, las cuales mandan que el hombre es principal, y las mujeres secundarias ó más abajo todavía. Otros se fundamentan específicamente en la cultura judía, expresada desde Génesis hasta los evangelios enfocados a los valores de los religiosos, e incluyendo las citas de dos cartas paulinas.

 

Algunos más permiten la participación de la mujer, no por tener convicción de un fundamento bíblico, sino tomando igualmente la cultura del pueblo del cual forman parte, o cuando son misioneros extranjeros, atendiendo la idiosincrasia de la nación a la que fueron. De hecho, no he conocido a ministros que tengan certeza bíblica al respecto.

 

Para llegar a la verdad expresada por Dios en Su Palabra acerca de cualquier asunto, quienes se basan en una sola cita bíblica, corren el riesgo de equivocarse totalmente. Por el contrario, si leemos todas las citas relativas a ese asunto, encontraremos cuál es la voluntad de Dios.

 

 De esta manera, si tomamos en cuenta exclusivamente 1ª. a Corintios 14.34-35, el mensaje está bastante claro, y en base a ello en todas las iglesias la mujer debiera permanecer callada siempre. En otras,  algunos ministros quisieran poner en práctica este silencio para las mujeres, pero aunque esa sea su convicción, no lo hacen por temor a  perder membresía, llevando en su conciencia por lo tanto, un sentimiento de no ser siervo fiel.

 

Vamos viendo qué otras cosas nos dice Dios respecto a la participación de la mujer. En la iglesia de Cencrea estaba la diaconisa Febe (Romanos 16.1), y para saber qué hacía ella, necesitamos averiguar cuáles son las funciones de los diáconos, acerca de lo cual solamente hay una cita en la que se habla de ello, porque las otras dos se refieren a los requisitos: En Hechos 6.1-3 vemos que en la iglesia primitiva fueron nombrados 7 diáconos específicamente para atender la distribución diaria y/o para servir a las mesas. Ciertamente que en esta(s) función(es) de servicio puede no ser indispensable hablar; pero no parece que fuera muy edificante que las diaconisas anduvieran siempre calladas.

 

Es importante notar también que habiéndoles dicho Dios a los corintios: “la mujer calle en la iglesia”, a ellos mismos ya les había dicho tres capítulos atrás en esa carta, algo sobre el asunto (11.5): Que la mujer ore, podría referirse a cuando ora en su casa, y de esa manera no hablaría en la iglesia; pero que la mujer profetice, no tendría sentido enclaustrar esa acción a su lugar secreto, porque la profecía es para edificar a los demás (v. 4). Luego entonces, tenemos que la mujer sí habla en la iglesia.

 

¿Acaso estamos encontrándonos con una contradicción de Dios? Eso no es posible, sino que más bien deberemos reflexionar a qué se refiere específicamente aquella lectura que les manda no hablar. Tomemos en cuenta que la manera natural de ser de la mujer, le lleva con mucha frecuencia a hablar con sus vecinos de al lado cuando un ministro está predicando ó enseñando. En aquellos tiempos, el único vecino de confianza con quien una mujer podía hablar, era su esposo, pues muy difícilmente podía hacerlo con otros hombres, dada la cultura judía, y quizá también fuera la misma costumbre en la provincia de Acaya. A esto se refiere el texto: No interrumpan, no distraigan; algo que a muchas mujeres puede resultarles difícil. Sin embargo, es necesario agregar que en la actualidad, esta palabra la hemos de aplicar también a algunos hombres platicadores.

 

En cuanto al papel de la mujer en el hogar, tenemos que el varón es cabeza de la mujer (1ª. a Corintios 11.1-16), que la mujer debe usar velo ó pelo largo como señal de que está sometida a su marido. Hay iglesias en las que es muy notoria la obediencia al mandato de velo y pelo; pero de nada les servirá usar ambos si son rebeldes a sus maridos (Efesios 5.22-24, Tito 2.5 y 1ª. de Pedro 3.1).  Este es un asunto difícil de sobrellevar en la cultura anglosajona, y en la latina que está aprendiendo a imitarla.

 

En base a las citas anteriores -ya sea por iniciativa propia o porque así nos fue enseñado- muchos hombres hemos tenido la actitud de someter a nuestras esposas, trayendo como resultado enfrentamientos no solo infructuosos, sino tremendamente destructivos, y además innecesarios. ¿Por qué será que en alguna Palabra entendemos lo que Dios no dice, y en otras, no entendemos lo que sí dice? Por las intenciones de nuestro corazón, las cuales determinan qué entendemos rectamente, y qué entenderemos a nuestra conveniencia (Hebreos 4.12).

 

La acción de sometimiento a que se refiere Dios, no se la está ordenando al marido para que la aplique a su esposa, sino a la esposa para que decida  someterse a su marido, a fin de agradarle no a él sino a Dios. Mientras la esposa no quiera o no logre someterse a su marido, el marido no es culpable de esa insumisión –como injustamente se juzga y condena en algunas denominaciones al hombre- sino ella. Es lo mismo que ocurre entre Cristo y la iglesia: El Señor no somete a Su esposa, sino que la iglesia debiera someterse gustosamente a su Señor; pero todas las muchas iglesias que en la realidad no se someten a Cristo, la culpa está en ellas, no en el Señor. Obviamente, si el/los ministro(s) está(n) edificando la iglesia siendo obrero desobediente(s) a Cristo, lo mismo harán las mujeres que allí se congregan.

 

En el caso de las parejas de esposos, y que ella ó ambos son ministros, como por ejemplo lo más común que él es el pastor y ella la pastora, ella no es pastora de su esposo, para suponer que él se le deberá someter a ella; sino que ella es pastora de otras ovejas, y particularmente de mujeres. En la misma situación equivalente está el marido pastor que no ha de pastorear a su esposa. La pareja de pastores puede pastorear a matrimonios en los conflictos de pareja y de los hijos; pero el pastor no pastorea a una mujer, ni la pastora a un hombre. Obvio.

 

En cuanto a su relación en el hogar de ellos, permanece el mandato de que la mujer se someta a su marido; pero en los asuntos de la iglesia, siendo ambos ministros, se someten uno al otro, de la misma manera que todos los ministros se someten unos a otros entre los miembros del presbiterio (ancianos-obispos). 

 

Otra palabra que está dirigida a la mujer para que la obedezca en todas partes a donde vaya, no solamente cuando está en la iglesia -pero que en realidad debemos aplicarla también al hombre a causa de tanta perversión que ha surgido en el mundo- es 1ª. a Timoteo 2.9. Había pensado en describir cada palabra de esta cita conforme al diccionario; pero en realidad no hace falta, porque la mujer y el hombre que estén dispuestos a agradar a Su Señor por encima de todas las cosas, sabrán qué hacer, leyendo lentamente y pensando a qué se refiera cada palabra. Por el contrario, los ministros –hombres ó mujeres- que no tengan esa firme decisión, lo leerán sin entenderlo, y continuarán viviendo otro evangelio al afanarse en vestir elegantemente (Mateo 6.28). Una pequeña mancha ó arruga.

 

Enseguida de esa cita, en 1ª. a Timoteo 2.11-12 encontramos otro texto que nos pone en dificultad acerca de qué hacer y qué no hacer, pues como ya vimos en 1ª. a Corintios 11.5, la mujer ora y profetiza en la iglesia, por lo tanto, habla. Recordemos también que la profecía es un oficio/ministerio indispensable para edificar la iglesia, para exhortar, para consolar, para dar rumbo a las acciones, proyectos o planes que se emprendan. Considero que en estas dos citas tal vez se está estableciendo una diferencia entre la mujer que tiene un ministerio por el cual le es necesario hablar, y la mujer que apenas empieza a ser oveja o discípulo.

 

En cuanto al punto del dominio sobre el hombre, aplica a todas las mujeres, pues así lo establece Dios en otras citas. Sin embargo, no ignoremos que al ser humano en general –ya sea ministro o cónyuge- tampoco le está permitido el dominio sobre su misma especie. Y como aclaración agregada, consideremos que el texto griego 1550 Stephanus new testament de 1ª. a Timoteo 2.12 empieza así: “A la mujer no le permitan que . . . . . . , “. En ninguna parte del versículo está mencionada la palabra “yo”, lo cual descarta que Pablo esté refiriéndose a una actitud personal suya.

 

Luego viene otro punto más difícil aún, que es 1ª. a Timoteo 2.15. ¿Qué pasará con las mujeres cristianas que en la actualidad evitan tener hijos? ¿Y con las que son estériles? Y las que no se casan, ¿será necesario que tengan un hijo fuera del matrimonio? Pero a quienes fueron hallados por el evangelio siendo solteros (as), Dios mismo es quien les dice que permanezcan en ese estado (1ª. a Corintios 7). Por lo tanto, habríamos de concluir que en este punto de lo escrito a Timoteo, se refiere a las mujeres casadas.

 

La versión THE MESSAGE lo traduce así: “Por otra parte, su maternidad trajo la salvación, (dando marcha atrás a lo hecho por Eva. Pero esta salvación) sólo llega a aquellos que continúan en la fe, el amor y la santidad”.  Esta versión tiene apariencia de ser muy certera deshaciendo el conflicto, sin embargo, la palabra σωθησεται es el verbo “salvar” conjugado en tercera persona del singular, ya sea masculino o femenino, no es el sustantivo “salvación”, porque entonces sería σωτηριας.

 

Existe una función que Dios manda para las mujeres que en la iglesia se estén desempeñando como ancianas, y se refiere a que ellas –cualquiera que fuere su ministerio específico- enseñen a las mamás jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, y varias otras cosas más que deberían enseñar, las cuales son muy interesantes (Tito 2.3-5). Lamentablemente, esta función no se está desempeñando en las iglesias, por lo cual vemos que en cada aspecto que allí se menciona, sucede muy comúnmente lo contrario, trayendo como consecuencia que la palabra de Dios es blasfemada por los de fuera, y de esto, parece que ni cuenta nos damos.

 

¿Quiénes pudieran enseñar a guardar estas cosas a las nuevas mujeres que van llegando a la congregación? Ningún hombre por supuesto, sino las ancianas; pero no las que todavía tienen un porte irreverente -como si no se hubiesen convertido-, no las que calumnian con chismes y habladurías, no las que siguen siendo maestras en lo malo, no las que ignoran cómo amar a sus maridos y a sus hijos, no las imprudentes, no las que aún dentro de la iglesia se visten provocativamente, no las que descuidan su casa por andar en los asuntos de la iglesia, no las insumisas, no las que todavía disfrutan  la vanidad de una muy buena imagen del vestir, etc.

 

Si observáramos las fotografías ó videos de dos fiestas, sin que se nos dijera previamente nada al respecto, y sin que hubiera en su contenido algo que nos ubicara en el ambiente de la iglesia, sino que solamente estuviera a nuestra vista el comportamiento, la vestimenta y los modales de las mujeres, en muchos casos no sabríamos distinguir entre cuál fiesta es de “cristianas” y cuál de “inconversas”, aunque de acuerdo con la palabra, debiera haber mucha diferencia entre ambas.

 

Ahora consideremos otro punto: ¿qué prefiere usted como mujer que ministra en la iglesia? ¿ser solamente una pequeña y no aplaudida ni admirada diaconisa/anciana, cumpliendo las funciones mandadas por Dios en Tito 2.3-5, llena del Espíritu Santo? ¿O ser una apóstol ó profetisa aprobada por el hombre, famosa internacionalmente por sus libros, conferencias, etc.; pero vacía de poder y/o desobediente?

 

Ahora, otra palabra dura, difícil de cumplir para quienes están en la iglesia pero que todavía andan en la carne. ¿Es Dios quien debe adaptarse a las culturas de las naciones? ¿O el evangelio debe transformar a las culturas? Si hace dos mil años Dios pedía en la iglesia decoro, pudor, modestia, sencillez, no a las pulseras, aretes, collares, etc., ¿Qué dirá Dios de la realidad actual dentro de las iglesias?

 

Más todavía: Hace cinco mil años, no creo que haya habido mucha diferencia entre la vestimenta de la mujer y la del hombre, y sin embargo, Dios  está diciendo desde aquel entonces que

 

Deuteronomio 22.5: “No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace”. Muchas mujeres dentro de la iglesia creen estar muy bien con Dios, tener comunión con el Espíritu Santo, pero ¡oh desilusión!, engaños del enemigo a través de los ministros indolentes, porque visten ropa de hombre. Inclusive, he visto en la tele a una profetisa muy famosa, presumiendo que se viste con pantalón con dedicatoria especial para los ministros religiosos. Ella no se da cuenta de cuál es su situación espiritual delante de Dios.

 

La cultura que hemos recibido, está plagada de pensamientos vanos (Hechos 4.25), de valores que ante los seres humanos cuentan mucho, como lo es mostrar y realzar los encantos físicos de todas las maneras posibles; pero que ante Dios son vanidad. Y como no puede haber comunión entre la luz y las tinieblas, quienes verdaderamente quieran estar en la luz, tendrán qué esforzarse mucho (Lucas 13.24), para escapar de las costumbres, tradiciones y valores de esta generación perversa, y poder así entrar al reino.

 

En algunos eventos masivos de evangelización televisiva, aparecen en primera plana las mujeres que abominan al Señor con sus desobediencias. A las Déborahs modernas les resultaría más provechoso ser Saras, ó Magdalenas -aunque tuvieran un pasado como el de aquella mujer-; pero con un presente de conversión auténtica.

 

Resulta interesante ver que algunos ministros son selectivos en cuanto a la palabra: Alguna cita sí la aplican, otra deciden ignorarla, y por lo tanto son obreros infieles que no van a recibir galardón. Por estos motivos, Jesús les dirá  a muchos ministros que no los conoce, y por si eso fuera poco, Él está listo para hacer otro azote de cuerdas (Juan 2.14-16), para pegarles una . . . . . . . . . bien tremenda (Lucas 12.47). 

 

Los ministros que pasan por alto estas enseñanzas, están demostrando que prefieren la iglesia y el alfolí llenos, aunque las personas permanezcan en sus perversiones, y por lo tanto vayan rumbo al infierno, detrás de ellos (Mateo 15.14). Pareciera que ser “cristiano” consiste en que haya unos cuantos cambios; pero que en muchas otras cosas más se permanezca en solo apariencia.

 

Necesariamente para que una mujer sea aprobada por Dios como ministro en cualquiera de las 8 funciones que deben desempeñarse en la que es auténtica iglesia de Cristo (1ª. a Corintios 12.28), ha de vivir muy en conformidad con las citas antes mencionadas, y las otras relativas a los requisitos para diáconos, obispos y ancianos. Lo mismo aplica para los hombres.

 

Bien, ya miramos que hay diaconisas en la iglesia. ¿Y qué respecto a otros ministerios? Jesús se anticipó dos mil años al movimiento feminista, no solo porque en el grupo que andaba con él había algunas mujeres, no solo porque fue una mujer a quien le dio la primicia de verle resucitado, sino también y sobre todo, porque al morir en la cruz, hizo de todas las naciones un solo pueblo, de manera que ya no hay judío ni griego; pero ¡¡¡sorpresa para muchos!!! En la iglesia ya no hay varón ni mujer, porque todos somos uno (Gálatas 3.28): La ó el evangelista, la profetisa ó el profeta, la pastora ó el pastor, la maestra ó el maestro, ¡¡¡la ó el apóstol!!!

 

Pero tengamos muy en cuenta que –de acuerdo con la doctrina de Jesús- ningún ministro es cabeza, solamente Él; que todos se someten unos a otros, no todos a uno. No hay jerarquías de mando, ni por razón de ministerio, ni de sexo, ni por personalidad sobresaliente, ni por antigüedad, ni por monto de aportación, ni por tener más unción, ni por herencia familiar. Habrá ocasiones en las que quien parece menos ungido, sea el que está en la verdad. Cuando usted como ministro sienta que es más grande que algún otro, la única forma en que podrá resistir al diablo en este asunto y escapar del lazo, será sirviéndole precisamente a ese ministro.

 

Ministerio de Enseñanza “Nuevo Pacto”

Maestro Ramón Oliveros Ochoa

Mayo de 2012