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Familia - Dejarás a tu padre y a tu madre
 

Estudios bíblicos

La familia

Dejarás a tu padre y a tu madre

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Autor:

Hno. Marcos Porrini



 


Dejarás a tu padre y a tu madre.

 

- La función de la educación

                                              /  El entrenamiento del alma

                                                                                                   / La preparación para la vida en el Espíritu. -

 

Los padres representan todo lo humano que nos forma, todo lo humano que nos moldea. Todo lo humano que nos guía, que nos enseña, que nos alecciona, que ejerce autoridad sobre nosotros para entrenarnos, para cuidarnos, para prepararnos para que vivamos según la libertad del Espíritu.

 

La Palabra de Dios quiere habitar en los corazones, quiere hablarnos desde los corazones. Quiere que la hallemos en nuestros corazones.

 

La Palabra de Dios es Eternidad. Es Poder Eterno. Es inasible. Es tremenda. Es un océano infinito.

 

Nuestra mente, nuestra alma, debe estar dispuesta de tal forma, debe desarrollarse de tal forma para que esa Palabra tome el cuerpo perfecto, para beber de esa Fuente, para ir a esa Fuente y tomar, y sacar, y darle una forma perfecta, pura, digna a esa Palabra…

 

 

“Dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne”. La interpretación espiritual de ese pasaje es que padre y madre son las instituciones humanas que nos forman, que nos protegen, que nos amparan, que entrenan nuestra alma para que llegado un día nos unamos al Manantial de la Eternidad, y ya no dependamos de nadie sino que seamos verdaderamente libres, y caminemos según la ley que hallemos en nuestro corazón. Que podamos leer nuestro espíritu, que podamos comer del pan de cada día que viene del Cielo.

 

Tiene que llegar un momento en el que el rol del padre y la madre cumpla su función: que acaben su obra y mengüen, y se retiren. Y digan ‘hasta acá llegamos’.

 

Y así serán honrados, y esa será su honra, esa será su recompensa, su gloria. Y así nosotros estaremos honrando a nuestro padre y a nuestra madre: al decirles adiós llegado el momento. Al decirles ‘muy bien, han cumplido su obra; ahora me uno al Señor, al Espíritu, y ahora ingreso al nuevo modo de existencia, al Nuevo Modo, al perfecto, al eterno. Gracias por haberme dispuesto para tener un matrimonio perfecto con el Señor’.

 

 

Pensemos en Juan el Bautista y en su función. Juan el Bautista representa, por un lado, la Ley y los Profetas. Él resume la función de la Ley y los Profetas. En él están Elías y Moisés. Por lo cual Juan Bautista viene antes que el Señor, y su función es bautizar con agua, es llamar al arrepentimiento, es preparar las almas - entrenarlas - enjuagarlas para el Bautismo en el Espíritu, para la inmersión en el Espíritu que traía Jesús. Para el Espíritu que representaba Jesús. Para la unión, el matrimonio con el Espíritu, para la vida plena de la libertad. Por lo cual Juan sabía que ahora debía menguar, que su misión en los hombres había terminado.

 

Juan también representa este periodo de la vida de cada uno. Juan representa no solo a la Ley de Moisés y los Profetas sino a todo maestro, a toda institución y a todo profeta actual. A toda iglesia, a toda religión, que es imperfecta, que su misión es imperfecta, que tiene un fin, que tiene una gloria perecedera. Que se acaba. Que tiene que cumplir una función: prepararnos para Cristo. Tiene que prepararnos para el matrimonio con la Palabra. Para que ya no necesitemos que otro nos diga cuál es la Voluntad de Dios, cuál es el camino, sino que nosotros mismos podamos oír directamente a Dios en nuestro espíritu, y lo obedezcamos y hagamos su obra.

 

El propósito principal de Dios es que cada individuo trate con Él directamente.

 

Directamente.

                       /   Directamente-

 

No es el ideal de Dios que haya profetas, que haya maestros, que haya instituciones, que haya gobiernos humanos. El ideal de Dios es que cada individuo trate con Él directamente. Como en el Edén. Como fue con Moisés.

 

Por lo cual, cada maestro, cada profeta, cada pastor tiene que entender el lugar que le corresponde. Y saber que su misión, su tarea, va a estar cumplida, va a ser honrada en cuanto se entienda como provisoria. Tiene que terminar lo antes posible. Pablo lo entendió muy bien cuando les dijo a sus discípulos ‘ustedes ya tendrían que ser maestros a esta altura, pero siguen necesitando leche’. Pablo no quiere que estos creyentes sean por mucho tiempo dependientes de un maestro que los guíe, de un padre que los guíe, de un pastorcito humano que los guíe. No, él quiere que sean maestros. Él quiere que sean imitadores solo de Cristo, como él, que pueda decirles ‘sean imitadores de Cristo’, que no necesiten ningún mediador, ningún humano en quien poner sus ojos. Que puedan ver la Gloria directamente, no la Gloria reflejada en rostro ajeno.

 

Por lo cual, Dios manda ‘Dejarás a tu padre y a tu madre’. ¡Los dejarás! Tiene que haber un momento en que los dejes. ¡En que los dejes! Pero mientras aun no te casaste con el Espíritu Santo, no te uniste a Él, no caminás en Él…, honrá, honrá a tu padre y a tu madre. Aprovechá. Aprovechá este tiempo, y la gloria de este tiempo. Pero tenela como perecedera, como imperfecta. Tiene que cumplir su función.

 

Toda instrucción, toda enseñanza tiene que tender a la libertad. No podemos generar yugo en nuestros aprendices, en nuestros discípulos. No podemos generar dependencia. Tenemos que darles la ayuda, un poco de seguridad para que no se desanimen, para que no decaigan, pero alentarlos siempre a la libertad. Alentarlos siempre a la búsqueda directa con Dios. Alentarlos siempre a que no nos necesiten, a que no nos vean.

 

Y si es necesario tirarlos al mar, para que aprendan a nadar por la fuerza.

 

No malcriar a nadie.

 

No malcriar a nadie

                                 /    No malcriar a nadie.

 

 

 


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